ADVERTENCIA: ESTE TEXTO TIENE CONTENIDO NO APTO PARA MENORES
DE 18 AÑOS.
Hacía ya bastante tiempo que no conseguían quedarse un fin de
semana a solas. Sus respectivos trabajos por turnos y el cuidado de los niños, se lo impedían. Aquel
fin de semana primaveral, sin haberlo planeado, todo se puso de cara. El mayor
de sus dos hijos, en plena adolescencia, se iba al chalet de un compañero de
clase ese mismo viernes a la salida del
instituto y no volvía hasta el domingo por la tarde. El pequeño, muy joven aún
para ese tipo de aventuras, pasaría el fin de semana con su tío y sus primos en
una casa rural. Esa mañana de sábado amanecieron bastante temprano, los dos juntos,
solos. Prepararon unos zumos de naranja recién exprimido y unas tostadas con
mantequilla y mermelada. Un par de cafés “Longos” en su máquina “Tassimo” y se
sentaron en los taburetes de la mesa de la cocina. Ella se levantó, abrió la
ventana. Empezó a subir la persiana lentamente. La luz que entraba iba haciendo que su
diminuto picardías de raso blanco se fuera transparentando. Él no le quitaba el
ojo de encima. Notó un ligero hormigueo recorriéndole el vientre. Hacía mucho
tiempo que no notaba esa sensación. Desayunaron en silencio. Parecían echar de
menos las discusiones de sus hijos en la PlayStation, aquellos "mamá, mira
el tato, que no me deja en paz", "papá, ven, mira que gol he
marcado".....
― Me han hablado en el trabajo de un paraje por aquí cerca
que con este tiempo tiene que estar precioso ― dijo él asomado a la
ventana mientras apuraba las últimas caladas a un cigarrillo―. Podíamos ir a
dar una vuelta y buscarlo. ¿Qué te parece?






