Aquella pareja de recién casados fue recibida, al descender
del tren, por un fino velo de lluvia sobre sus cabezas. Oscurecía. La ciudad
eterna les recibía bajo un cielo lúgubre. Cargados con sus pesados equipajes,
se disponían a buscar el hotel en el que pasarían los siguientes siete días.
Salieron de aquella imponente estación (todo en aquella ciudad era colosal) por
una puerta en la que gran cantidad de indigentes, protegidos por unos enormes
soportales, se disponían a pasar la noche tumbados sobre unos cartones a modo
de colchón. Los dejaron a un lado, no sin una desconfiada mirada de reojo,
agarrando fuertemente sus pertenencias y a paso ligero. Él, con su “sagaz”
instinto de orientación, consultó un mapa recién recogido de la oficina de
información, y decidió la dirección que iban a tomar.
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domingo, 21 de abril de 2013
Setecientos treinta
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